martes, 7 de marzo de 2017

#4 Hermana de los hombres

Escribe una historia en la que salves la situación con un mayúsculo deus ex machina.

En 23 segundos me sonará el móvil. Lo cogeré y al otro lado de la línea estará mi novio, para decirme que llegará un poco tarde. Esto es porque, aunque no debería saberlo en este momento, él se está preparando para pedirme matrimonio.

Y en este instante me suena el teléfono.

-¿Sí?

-Hola, cariño. Quería decirte que… bueno… llegaré un poco tarde. Lo siento, pero es que me ha surgido un imprevisto, ya te contaré después. 

-No te preocupes, pero más te vale que me lo recompenses… 

-¡Te lo prometo! Hasta luego. Te quiero.

-¡Y yo a ti!

Te preguntarás cómo lo sé. Esto les porque ya lo he vivido. Y no solo he vivido esto, sino que sé qué pasará en todos los momentos que quedan hasta mi muerte. 

Desde que tenía 5 años he estado viendo cosas de mi futuro, aunque en ese momento no creía que se fueran a cumplir. Inocente de mí pensaba que solo eran sueños, fantasías e imaginaciones de una mente muy creativa. O eso es lo que me hacían creer mis padres cuando les explicaba todo esto. Nada más lejos de la verdad.

Al principio eran solo fragmentos, como pequeños recuerdos que se colaban en mi mente. Una llamada de teléfono de la abuela por aquí, quizá un brazo dislocado por allá… Pero poco a poco se fueron haciendo cada vez más largas esas visiones. A veces podía saber qué ocurriría ese día entero en clase, otras podía ver con todo lujo de detalles cómo serían mis vacaciones ese verano.

Pero llevo una temporada en la que sé todo lo que viviré. Ya he visto a mi novio sacando un anillo del bolsillo. Nuestra boda, el hijo que tendremos dentro de 7 años, 3 meses, 28 días, 6 horas, 42 minutos y 12, 11, 10 segundos… Incluso puedo ver mi lecho de muerte. Esto será en la habitación de un hospital, con tubos saliendo de todas las partes del cuerpo y mi familia alrededor, diciendo que no pasará nada, que iré a un lugar mejor y cosas de esas.

Mi vida será feliz, lo sé. Me agarró a esta idea como si fuera una pesada roca, incapaz de ceder a la fuerza de la corriente que me lleva. El problema es que vivo en un déjà vu constante. Por fuera puedo mostrarme sorprendida, contenta e incluso asustada, porque así es como se supone que tiene que ir todo. Pero por dentro no puedo estar más fría, reviviendo algo que en mi mente ya ha ocurrido incontables veces. Poseo todos los conocimientos que adquiriré a lo largo de 87 años. Y aun así tengo que seguir yendo a la universidad, leyendo libros de los cuales conozco el final… Y cometer todos los errores de los que me arrepentiré toda la vida.

He intentado cambiar las cosas, no creas que me resigno a este destino impuesto por unos dioses crueles. Cuando intento cambiar un jarrón de sitio para que no se rompa, acaba cayéndoseme de las manos. Muchas veces he avisado a la policía o a los bomberos de desastres por ocurrir. Lo único que consigo de ellos es que me llamen esquizofrénica, me den la tarjeta de algún reputado psiquiatra y que aparezcan rumores de una supuesta profetisa en la ciudad. Pero no les culpo en verdad…

¿Creerías a alguien de la calle que te dijera que tu casa va a estallar en llamas contigo y tu familia dentro y que serás el único que sobrevivirás? Yo no, y por eso ya he dejado de hacerlo. Ahora solo intento no escuchar las noticias ni leer los periódicos, así no tengo que enterarme de todas las muertes que podría haber evitado.

Ya no sé cómo librarme de esta tortura… Por mucho que quiera tengo que seguir el camino que me toca, sin rechistar, sonriendo, porque se supone que soy feliz. Es divertido y triste a la vez que aquellos sueños en los que estoy muerta son los mejores que he tenido nunca. El único sitio que no está controlado es mi cabeza. Todo tipo de pensamientos cruzan por ella. He pensado en el suicidio, pero sé que no voy a poder hacer nada.

Pero hay una visión que no logro identificar, no sé a qué momento de mi vida pertenece. Ni siquiera sé si es solo un sueño o representa algo de verdad. En esta “memoria” estoy en una calle vacía, al borde del pavimento. Levanto el brazo con la piel arrugada y llena de manchas de la edad y un taxi se para delante mío. A partir de aquí mi visión se empieza a hacer borrosa, hasta que la negrura envuelve el paisaje.

Todo esto os lo explico mientras voy a la cita con mi novio John. Me gusta caminar, observar a la gente e imaginar cómo son sus vidas. No me van a detener por eso, ¿o sí? Aunque llega un punto en que no sé si aquello que he imaginado es tan solo ficción o el verdadero futuro que les agurada.

John y yo hemos quedado en el Parque del Búnker. Es bastante grande, siempre acabamos yendo y perdiéndonos en el laberinto, aunque nos conocemos de memoria todos los recovecos. A veces también nos sentamos en el borde del montículo en medio de lago, con los pies colgando y rozando el agua con los dedos. Pero si quiero llegar necesito acelerar el paso, no le falta demasiado al bus para llegar… 

Me da pena porque ese parque acabará arrasado por una bomba en una gran guerra que se aproxima…

Él es el único que me ha creído alguna vez. Íbamos a la misma universidad, pero hacíamos carreras distintas. Cuando nos presentó un amigo le di la enhorabuena porque había conseguido trabajo en una empresa bioquímica, sin darme cuenta que eso no pasaría hasta el mes siguiente. Por aquel entonces aún no había enviado ni su curriculum…

Le costó adaptarse a este “don”. Muchas veces me despierto en medio de la noche sudando por culpa de algún sueño.  Sé que es difícil vivir conmigo… 

A veces me pregunto si esto no es más que la confirmación que Nietzsche tenía razón respecto a su eterno retorno. ¿Y si creyera que ya he vivido todo esto porque de verdad lo he vivido? Pero eso no explica por qué soy la única que lo recuerda. ¿O tal vez los demás son tan cobardes que no se atreven a hablar de ello con nadie? 

Miro al cielo (como ya sabía que tenía que hacer) y vuelvo a pensar en los dioses. ¿Por qué me han escogido a mí? No les he hecho nada para que me castiguen de esta manera… Si supiera en qué he podido ofenderlos, intentaría remediarlo, pedirles perdón. Seguro que están entre las nubes, como una audiencia detrás de las cámaras, riéndose a carcajadas de la pobre Casandra, con su vida perfecta.

Entonces me doy cuenta que he perdido el autobús que tenía que coger para llegar al parque. No me lo esperaba… Mientras cruzo el paso de peatones noto frío en la mejilla. Me paro en seco y siento como me cae una lágrima. Y empiezo a sonreír, ¡esto no lo había visto nunca! ¿Es que acaso por fin me han perdonado?

Por culpa de la emoción del momento no puedo oír el sonido del claxon avisándome, ni la gente gritando que me aparte. Cuando me doy cuenta es demasiado tarde, un camión me golpea en el lado y salgo volando. Caigo horizontalmente sobre la palabra BUS, donde la bufanda que tenía hace un momento en el cuello ha formado un acento donde no debería. La gente se acerca poco a poco, unos llamando a la ambulancia, otros preguntando si me encuentro bien. ¿Es que acaso no se dan cuenta que no puedo moverme y que tengo la cara roja por culpa de la sangre?

Un señor me coloca su chaqueta bajo la cabeza y me pide perdón acariciándome la mejilla, en donde sangre y lágrimas se mezclan, convirtiendo mi rostro en una grotesca paleta de tonos escarlata. Es gracioso, no le conozco de nada, por lo que supongo que le perdono, aunque no pueda decírselo por el dolor y la conmoción.

Lo que llevo tiempo deseando por fin se ha hecho realidad. ¡Por fin algo me ha sorprendido en mí día a día! El dolor del costado se vuelve insoportable y como en aquel extraño sueño, la visión se me va volviendo borrosa. Los demás sentidos también se van apagando lentamente: parece que el griterío de la gente de mí alrededor se va silenciando, como si fuera el final de una obra de teatro aburrida y repetitiva, aunque al final haya conseguido sorprender a algún espectador, incluso a la actriz principal. 

A buen final, no hay mal principio. O eso dicen.


Guillermo Domínguez

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