martes, 8 de marzo de 2016

#41 Lilith

Escribe un relato sobre un personaje que tenga mucha fuerza de voluntad

Lilith es rubia y tiene los ojos azules. Su cara es redonda y su cuerpo, menudo. Se desliza por el mundo con la elegancia de un caballo pura sangre. Sus manos son delicadas y sus pies, pálidos. Los labios rosados coronan su dulce boca, que esconde secretos de miles de hombres que, llorando en su regazo, le confesaron su mayor pesar en una noche de amarga pasión. Su pecho trémulo poco abultado se desvanece en el cuello de la camisa a rayas. Las rodillas gastadas se ocultan bajo el pantalón oscuro y preceden los muslos que llevan a las caderas. Tiene una mirada que no deja ver su alma, silenciosa y cálida a un mismo tiempo.

Lilith pasea calle abajo y observa la gente que se cruza con ella. Sonríe a los hombres trajeados de comisuras caídas y su ternura los enloquece. Cual sirena, atrae hombres perdidos en el mar de caras serias y prisas que no llevan a ninguna parte. Ellos, hipnotizados por ese ser mitológico de proporciones áureas, la siguen hasta el motel y la desnudan con ansia. Cuando ven su cuerpo libre de ataduras terrenales ya no saben diferenciar el ángel de la sirena. Y, abrumados por su bondad celestial, se confiesan y lloran pidiendo una salvación. Lilith, sin alas espumosas ni cola de pez, escucha y les asegura entre besos singulares que nadie va a castigarlos. Les quita la ropa y los acuna entre sus piernas, cantándoles nanas entre gemidos y besándoles la mejilla con la ternura de una madre. Y, cuando el acto acaba, los hombres se sienten un poco menos hombres y un poco más ángeles. Y buscan su cartera para pagarle pero ella se niega. Ellos sonríen y se marchan sin poder evitar mirar atrás y Lilith vuelve a la calle y espera al siguiente hombre triste.

En esta noche, se acerca a ella un joven muchacho de ojos almendrados y la mira, sorprendido. Le han hablado de la sirena de la calle 13. No es lo que se esperaba. La mujer rubia enfrente el viejo motel no parece imponer demasiado. Las ha visto mejores. Lilith, sintiendo su presencia, se gira y lo observa con su mirada color zafiro.
-¿Qué estás buscando? –su voz se asemeja al sonido de la lluvia de verano. No parece sorprendida, ni molesta por su escrutinio. Más bien se la ve calmada, como si se conocieran desde siempre.
-¿Eres tú la sirena?
-¿Lo soy? –la naturalidad con la que hace la pregunta lo desconcierta y lo deja desarmado -¿Qué te preocupa? –le sonríe y esa es su perdición. Entonces lo comprende y se deja arrastrar por sus redes de amor. La sigue como un autómata escaleras arriba sin sentir nada más que el tacto blando de su mano.

Lilith enciende la luz de la minúscula habitación y se dirige al baño, dejándolo solo. El muchacho se desnuda, impaciente por probar las famosas carnes de la mujer.
Cuando sale del baño, después de haberse purificado como hace cada noche, levanta la mirada y la sonrisa se le congela en los labios. Bajo la débil luz de las farolas no había visto bien su rostro, pero ahora… Su tez morena, los ojos color avellana y ese pelo alborotado son inconfundibles.
-¿Adán? –Su pregunta parece un murmullo en la oscuridad.
-¿Cómo? No, yo… -ni siquiera escucha su nombre. Lo hace callar poniéndole una mano suave en la mejilla, evocando recuerdos de hace ya miles de años. Lo besa suavemente y él olvida su extraño comportamiento.

Entre caricias torpes, Lilith recuerda un enfado que ya creía olvidado. No puede mirar al muchacho a la cara sin culparlo de todos los maltratos hacía las mujeres a lo largo de la historia. Es su viva imagen. Debería haberlo… pero no, ella no podía saber que le darían otra mujer. Ni que la estúpida Eva iba a dejarse someter como resultado de su creación. Sabe que tendría que haber hecho algo, podría haber hablado con Dios. Aunque Dios es hombre también. Probablemente no la hubiese escuchado. Ni siquiera lo intentó. Huyó y no pudo evitar que sus hijos fuesen sacrificados ante la furia de la machista divinidad.

A pesar de las envestidas torpes y los susurros incomprensibles de su amante pasajero, llora sin dejar de gemir. Y deja correr libres las lágrimas mejilla abajo, como un líquido purificador que puede limpiar su alma. Estúpida Eva, se repite una y otra vez. Abandonó el Edén y dejó morir su estirpe sin razón, para caer en el olvido. Nadie sabe quién es Lilith. Nadie conoce su lucha por la mujer. Encarnó a Olympe de Gouges, a Emmeline Pankhurst, a Lucretia Mott, a Lucy Stoney y a Schulesmith (entre muchas otras no tan recordadas). Pero, ¿quién sabe que es Lilith quien está detrás de todo esto?
El chico se da cuenta de que algo va mal y para. Le pregunta qué ocurre, si le ha hecho daño.
-Sabes… ser una sirena hace que a menudo las olas sean demasiado altas –responde, enigmáticamente. Sonríe, no sin esfuerzo, y se seca las lágrimas con el pulgar.
-Dime, Adán, ¿amaste a Eva? –no puede evitarlo, la duda la ha carcomido todo este tiempo.
Parece despertar de repente de la burbuja de recuerdos y, al ver al muchacho desorientado y confundido, le dedica una sonrisa tierna.
-Así somos los ángeles –deja caer como explicación. La ironía de esa autoasignación convierte su sonrisa en una burla -. Estás perdonado. Eres libre. No hay Dios. Y, si lo hay… bueno, ¿no vale la pena el castigo eterno a cambio de la libertad? El infierno nunca será tan terrible como lo fue el Edén.

Casi asustado por sus palabras, el chico retrocede y pisa la ropa desperdigada por el suelo. Baja la mirada para mirar qué ha pisado y al volver a levantarla descubre que está solo en la habitación. Mira en el baño y sale al pasillo, aún sin vestir, pero no es capaz de encontrarla.

Lilith llega al averno desnuda y desconsolada. Se deja caer hecha una bola sollozante. En posición fetal y con unos gritos desgarradores que hieren el alma, deja escapar su dolor, contenido por tanto tiempo. Lo llegó a querer. Sí, mientras solo corrían entre las flores sin preocuparse de su desnudez. Mientras solo comían fruta fresca, cuyo jugo les resbalaba barbilla abajo. Bañándose en los cuatro ríos cristalinos, riendo y salpicándose. Hasta que las risas llevaron al beso. Y el beso, a la lujuria. Se dejaron arrastrar por la pasión detrás de un gran árbol de manzanas suculentas, escondidos a los ojos de Dios. Y Adán tuvo que hacerlo, tuvo que romper la magia tierna del amor. Y ella no iba a doblegarse ante él, solo por ser más semejante a Dios de lo que lo era ella. ¿La diferencia más grande? La astucia. Porque supo llamar a Dios por su nombre mágico y huyó del Edén antes de que les diese tiempo a darse cuenta de su rebelión. Echó de su casa a los ángeles que fueron a buscarla hasta el Mar Rojo. Y eso enfureció al Creador. Se llevó a sus hijos en una rabieta. Hombres… mueven el mundo entero por el amor de las mujeres, para acabar culpándolas de todos los males y renegando de ellas. Y por las noches las buscan desesperadamente y se acurrucan contra sus cuerpos cálidos, pidiendo perdón entre sollozos.

Pero Lilith no llora una disculpa. Y todas las criaturas del ardiente inframundo despiertan al oírla y acuden a su llamada, uniéndose a su llanto con cánticos de desolación. Una a una, las criaturas van tumbándose a su lado, en posición fetal y lloran al unísono junto a su madre adoptiva. Y los sollozos se convierten en un réquiem desolador por todas esas mujeres maltratadas por Adán.

En el cielo oyen la música y las nubes se alteran en un temblor que sacude la Tierra entera. Y el temblor llega hasta Dios, que reposa en su enorme trono de oro macizo. Curioso por lo que causa tanto alboroto, se dirige a sus ángeles más fieles y les manda bajar al infierno a investigar. Son tres.

Cuando llegan a su destino, la visión de millones de criaturas oscuras acurrucadas en posición fetal sollozando les aterroriza. En el centro se ve una mancha blanca. Vuelan hasta allí y corroboran que se trata de Lilith, que se ha quedado sin lágrimas y apenas le queda voz pero que sigue con la cara contraída y el cuerpo tembloroso, causante del movimiento que ha alertado a Dios.

-Lilith, hermosa sirena, deja de llorar –le susurran al oído, procurando que el Señor no les oiga.
-Tienes que seguir con tu labor, acaba con el régimen de Dios –añaden.
-Sí, Lilith, tú tienes el poder de volver a los hombres buenos. Vuelve a la Tierra, te escucharán.
Lilith deja de llorar de inmediato al oírlos y los escruta con la mirada. Tiene la nariz roja y le tiembla la barbilla.
-¿Sabéis quién soy? –sus ojos parecen aún más grandes ante su desesperación por responderse a ella misma esa pregunta.
-Tú has sido muchas mujeres. Y cada una de ellas ha hecho a los hijos de Adán un poco menos hombres y un poco más ángeles.
-Tú has hecho que se sepa que las mujeres no son costilla, sino barro, así como lo fue Adán.
-¿Os rebeláis ante Dios? –sorprendida, Lilith apenas puede creer sus palabras.
Los ángeles, en su magnífica belleza inocente, asienten.
-Cubrimos tu rastro para que Él no pueda encontrarte.
-Pero no nos queda mucho tiempo, debes partir, valiente Lilith.
-¿Qué le diréis a Dios cuando volváis?
-Que Adán nunca amó a Eva.

Marina R. Parpal


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