sábado, 19 de marzo de 2016

#28 Pandora

Escribe un relato en el cual el personaje principal se despierta con una llave agarrada en su mano. Céntrate en cómo llegó a tener esa llave y qué abre.

El sol le quemaba la piel y atravesaba sus párpados, despertándola del profundo sueño. Abrió los ojos con dificultad y esperó a acostumbrarse a la luz. Todo era brillante y cálido. La brisa salada acariciaba su cuerpo desnudo y la espuma de las débiles olas le besaba los dedos de la mano que tenía más alejada de sí. Alzó el brazo para cubrirse la mirada y la arena rascó suavemente su costado cuando se giró. Se dio cuenta de que agarraba algo con la otra mano. La abrió lentamente y trató de identificar el objeto. Una llave. Dorada y pequeña, muy adornada. De repente, oyó una voz atronadora en la lejanía y cerró la mano de golpe, escondiendo el único objeto que poseía.
-Pandora, has sido modelada por Hefesto, Afrodita te ha hecho bella, Hera te ha otorgado feminidad, Hermes te ha dotado de habla y yo te he dado la vida -retumbó Zeus desde los cielos -. Eres nuestra venganza para los hombres por haber robado el fuego. Te casarás con Epimeteo y le entregarás esta caja como presente. Deberás pedirle que no la abra. Lo hará, los hombres son cobardes ante lo desconocido y orgullosos de su fingida valentía. Si no la abre, lo harás tú y de ella saldrán todos los males -Pandora advirtió que entre la arena se adivinaba una bella y colorida caja. La desenterró aún escondiendo la llave, pues enseguida descubrió que la caja se abría con un resorte y no con el dorado objeto -. Ahora, ve, Pandora, cumple tu cometido.
-Ellos te han creado, Pandora, deja que yo cubra tu cuerpo -replicó una segunda voz, más suave y femenina que Zeus, se trataba de Atenea. Un vestido de seda púrpura la envolvió y el caótico cabello quedó recogido en un elaborado peinado. Tenía un cinturón plateado que le ceñía el ropaje y allí escondió la llave, fingiendo que trataba de alisarse la falda. No sabía qué abría, pero estaba claro que Zeus no sabía de su existencia. Cogió la caja y echó a andar, entre la vegetación se veía humo, debían de ser los humanos.

Caminó durante horas, sintiendo los pies doloridos y los músculos tensos. Finalmente llegó a la ciudad. Los guardias de las puertas le franquearon el paso sin preguntar, admirados por su belleza. A pesar del cansancio y el dolor avanzó con paso firme, cruzando toda la ciudad hasta el palacio y portando en alto la hermosa caja. Los hombres se apartaban a su paso, mirándola atónitos y reverenciando su caminar. Cuando llegó a la puerta del palacio, Epimeteo ya había sido advertido de la bella presencia que había causado tanto alboroto. Él mismo quedó maravillado y se arrodilló ante la mujer.
-¿Eres Epimeteo, hermano de Prometeo, el que robó el fuego de los dioses? -preguntó con su dulce y cálida voz Pandora. El hombre afirmó serlo, esperando obtener el respeto y admiración de la mujer. Pandora solo asintió y le ofreció la primorosamente labrada caja -Los dioses me han hecho para ti y te ofrecen esta caja como señal de paz. No debes abrirla jamás, pues contiene secretos divinos que no puedes comprender y acabarían con los hombres que tanto has protegido. Yo seré tu esposa y los dioses te perdonaran.
Epimeteo cogió la caja y la observó de arriba a bajo y recoveco a recoveco. Pero no pudo adivinar qué había en su interior. Sin embargo, Prometeo le había advertido que los dioses le querían mal y decidió mantenerla cerrada. Pandora sonrió y el gesto iluminó la ciudad entera y deslumbró a todos cuantos allí se encontraban.
-Me casaré contigo, quiero el perdón de los dioses -aseguró Epimeteo. Pandora asintió de nuevo.
-Y así será, pues yo solo existo para ser la llave de la paz -mintió otra vez la mujer. Nadie lo notó.

Se retiró entonces Pandora al templo de Zeus, donde habitaba parte de él y no había nadie, pues no eran muchos los que ofrecían ofrendas a ese dios.
-Pandora, has cumplido tu cometido -dijo con calma la divinidad.
-Él no ha abierto la caja.
-Oh, lo hará, no sufras. Como te dije, si no lo hace, será tu responsabilidad y el día de la boda harás salir todos los males.
-Dime, Zeus, ¿por qué castigar a los hombres de tan cruel manera?
-Aceptaron el fuego.
-¿Eso es todo?
Zeus calló.

Fue entonces Pandora al templo de Apolo.
-Apolo, tú que entre otras muchas virtudes posees la razón, ¿debería castigar a los hombres? ¿No son ellos inocentes de lo que pudo hacer Epimeteo?
-Pandora, la de todos los dones, ¿qué don te otorgué yo?
-No puedo saberlo, Zeus nunca me lo dijo.
Una risa ronca y grave resonó en las vacías aunque decoradas paredes del templo.
-Zeus no lo sabe todo. No conoce la existencia de la llave que te di, ¿verdad?
-¿Qué abre?
Con la misma risa oxidada, Apolo la dejó allí sola.

Pandora, más desconcertada ahora que entonces, volvió al lado de su futuro marido, preguntándose por qué debía entregar su vida y juventud a ese hombre. Era el deseo de Zeus. Más bien su capricho, pues ya había comprobado lo débiles que eran los razonamientos del dios más poderoso del Olimpo.

Cuatro días y cuatro noches pasaron hasta la boda y Epimeteo aún conservaba la caja en un pedestal, bien cerrada. Y Pandora cuatro veces vio sin poder dormir la Luna sonriente en la ventana, mientras decidía el destino de los hombres. No fue capaz de culparlos, mas su temor a los dioses era grande. La llave seguía en su cinturón y no había encontrado ningún objeto que encajara con ella.

Llegó al fin la esperada boda y Epimeteo hizo colocar la caja del Olimpo en el centro de la ceremonia, pues era lo más bello que poseía y deseaba que todos lo admiraran y le envidiaran. Pandora no pudo dejar de mirar de soslayo el divino presente, temblando toda entera. Había tomado una decisión. Si los dioses querían vengarse de Epimeteo y Prometeo, que lo hicieran, pero no debían pagarlo todos los hombres, que solo trataban de sobrevivir y hacer la vida en la tierra más llevadera. La habían tratado bien y la habían amado enseguida, eran gentiles y divertidos. Los dioses se habían aprovechado de ella, dejándola a su suerte en la playa, sin molestarse si quiera a crearle un cuerpo más fuerte o acercarla a la ciudad. Mataría a Epimeteo y liberaría a los hombres. Sonrío. Epimeteo supuso que era de amor y le sonrío de vuelta.
Cuando la ceremonia hubo llegado a su fin y su matrimonio fue una realidad, todos lo celebraron y el vino y los exquisitos manjares empezaron a servirse.
-Parad. Antes de empezar el festejo -interrumpió Epimeteo con gesto decidido. Todos callaron y lo miraron, ligeramente decepcionados por su orden -, quiero hacer algo. Ya que los dioses me han ofrecido un hermoso y tierno regalo -señaló con la cabeza a la temblorosa mujer que lo acompañaba -voy a aceptar su segundo presente. Pandora dijo que contenía secretos divinos y yo los quiero poseer -murmullos de desaprobación -. Oigo vuestras quejas, ¿es que no deseáis que vuestro líder pueda combatir la furia de los dioses?
-No podrás comprenderlos -replicó Pandora. Frunció el ceño y a Epimeteo le dio un vuelco el corazón. Pero se recompuso. Pareció ofendido por la acusación de su reciente esposa.
-¿Osas desafiarme? ¿Crees que el hombre que entregó el fuego a los hombres no puede soportar enfrentarse una vez más a los dioses?
Ignorando las peticiones de obedecer las órdenes divinas, se acercó a la caja. Pandora, que esperaba cometer el asesinato cuando todos se hubieran marchado, sacó su daga y acabó con Epimeteo. Jadeaba y el silencio reinaba en la sala. Todos contenían la respiración, la odiarían, no lo entenderían, pero sabía que había hecho bien, pues a veces es necesario y forzoso que un hombre muera por un pueblo, pero nunca debe morir todo un pueblo por un solo hombre.
Un aleteo y un zumbido de malignos insectos le hizo apartar la mirada de la sangrienta empuñadura plateada. Había llegado demasiado tarde. Los espíritus del mal revoloteaban y traían la enfermedad, la muerte y el dolor a todos los hombres. El rostro de Pandora se tornó blanco y las rodillas empezaron a temblarle, las lágrimas le resbalaban barbilla abajo. Había perdido.
-Pandora -susurró una voz aterciopelada en su nuca. Se giró y no vio a nadie. Apolo -. Escúchame. Te di el don del equilibrio, por eso sabía que tomarías la decisión correcta y aplicarías la justicia necesaria.
-Ha sido en vano -sollozó -. Un hombre ha muerto y ahora los males poseen nuestras vidas.
-Te di otra cosa en caso que fracasaras.
-¿La llave?
La voz rió.
-Sí. La llave. Mira dentro de la caja.
Lo hizo y dentro había otra caja, sencilla y pequeña, pero robusta. Había una diminuta cerradura dorada. Pandora usó la llave para activar el mecanismo y abrir la cajita. Un revoloteo suave se posó en su hombro.
-Es la esperanza, Pandora. La esperanza hará que los hombres no se rindan ante el mal, el dolor y el sufrimiento, les dará fuerzas para seguir adelante y no desistir. Y tú eres su portadora. Deberás llevar esperanza a todos los hombres para compensar los males que les has entregado.
-Yo he tratado de evitarlo -ya no lloraba, pero su voz era trémula -. Epimeteo ha sido quien ha cometido el error.
-La historia no lo recordará así. Ve, Pandora, reparte esperanza.


Marina R. Parpal

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