martes, 7 de junio de 2016

#39 φῐλίᾱ

Escribe un relato en el cual dos personas totalmente opuestas se conozcan de forma poco corriente.

Las frías esposas le aprietan las muñecas, que rebotan contra su espalda mientras le hace pasar por la puerta. Echa un vistazo rápido y no ve ningún otro agente, por lo que sonríe disimuladamente. Quizá no pasará la noche en el calabozo.
-Parece que tus amiguetes te han dejado solo, ¿eh?
-Han respondido a una llamada de emergencia, se ve que hay una guerra entre mafias, están intentando sacar a la gente del fuego cruzado. Ahora siéntate ahí mientras busco las llaves del calabozo.
-¡Oh, vamos, Tym! Al menos déjame tener las manos delante, ¿no?
El agente la mira, cansado, y acaba liberándola de una mano, pero coloca esa esposa en una silla, evitando que se escape pero dejándola en una posición un poco más cómoda.
Ella mira a su alrededor y ve, entre las filas de sillas de la sala de espera, otra chica, que rehuye su mirada. Está en la última hilera, mirándose los pies incómoda, y con las manos (libres, por cierto) en las rodillas, dándole vueltas a una especie de pelota. Intenta adivinar su edad, pero solo puede verle la cabellera rubia y rizada, aguantada por un par de horquillas. Se levanta y se dirige hacia ella llevándose la silla en brazos y  sonriendo, cuando la chica levanta la cabeza y ve su ojo derecho envuelto en carne morada
-Hola, soy Elisabeth, ¿estás bien?
La chica asiente rápidamente, y da un pequeño salto hacia el lado, poniendo distancia entremedio de las dos.
-Tranquila, no te voy a hacer daño, solo estoy aquí porque engañé a un chico rico a que me diera las llaves de su coche. Ni siquiera podrían juzgarme, pero el poli ya me conoce, y cree que dándome un escarmiento podrá reconducir mi vida o algo por el estilo. ¿Cómo te llamas?
-Helena.
-¿Y qué tienes ahí? -pregunta Elisabeth, refiriéndose al objeto que tiene entre las manos, y que no deja de dar vueltas-.
Helena abre la mano izquierda, mostrando una pequeña esfera morada. 
-¡Es preciosa! 
-Antes era un collar, pero se me ha roto...
-¿Estás segura? Porque por la forma en la que la coges y por el color de tu ojo parece que fue otra persona... ¿Tu padre te pega?
-¡No! Mi padre murió... -explica la chica, aguantándose las lágrimas, mientras Elisabeth se pone pálida, al haberse equivocado de tal manera y le acaricia el pelo con la mano libre-. Esto me lo ha hecho el novio de mi madre, ¡lo odio!
-Lo siento mucho... ¿Y es por eso que estás aquí? Yo si fuera tú le pondría una denuncia y la máxima orden de alejamiento.
-Sí, he venido a denunciarle. He estado aguantando mucha mierda, pero ya no puedo más. Si no es por mí al menos por mi madre, que es la que suele recibir las palizas. Pero necesitamos el dinero...
-Tú tranquila, hay mil formas de ganar dinero sin necesidad de tener a un cabrón en casa. Si quieres yo puedo ayudarte, se me da bien esto de engañar a la gente, podría enseñarte.
-No, gracias. No se me da bien mentir, y no me gustaría ir en contra de la ley.
-No todo es blanco o negro, a veces es necesario jugar con los límites de la legalidad para poder sobrevivir. Y sino mira a todos los políticos corruptos, y esos no necesitan robar y sobornar por necesidad. Es más fácil de lo que parece, tú solo...
De pronto se empiezan a oír unos pasos, que se van acercando a la sala de espera. Elisabeth se levanta de un salto y deja las esposas en el regazo de Helena.
-Gracias por las horquillas -dice mientras le guiña un ojo, y se va corriendo hacia la puerta-.
El agente no es lo suficientemente rápido como para atraparla antes de que salga de la comisaria, y ésta se pierde entre la noche.
-Por favor, no le digas nada de esto a los demás agentes...


Al cabo de media hora Helena sale de allí, con papeles en las manos y la esperanza de que el juez apruebe la orden de alejamiento. Gira hacia la derecha cuando una mano la agarra del brazo y la lleva hasta un callejón.
-¿Cómo ha ido? 
Elisabeth la mira sonriente, y ella le cuenta todo lo que le ha dicho el agente. Ahora lo único que tiene que hacer es esperar.
-Me alegro, ya verás como todo saldrá bien. Y ahora, ¿quieres que te enseñe todo lo que sé?

Guillermo Domínguez

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