martes, 22 de marzo de 2016

#19 Relato desechado

Escribe una historia de ciencia ficción mostrando cómo te imaginas el futuro.

Una señora mayor le abrió la puerta, y al verle allí plantado sonrió, le abrazó y le dijo que no esperaba la visita. Le hizo pasar al comedor y lo sentó en el sofá, se ausentó un momento y trajo dos tazas de té, lo que le hizo cuestionarse si de verdad era inesperada la visita.
-¿Cómo te va el trabajo, hijo? -preguntó la señora, mientras encendía la pantalla con un movimiento rápido con la mano enguantada-.
-Pues muy bien, creo que me van a ascender, soy de los agentes que más criminales ha atrapado en los últimos dos meses -comentó lleno de orgullo, mientras bebía aquel té que le recordaba a su infancia y veía la pantalla que ocupaba casi toda la pared-. Hace tan solo dos semanas metí en la cárcel a un grupo de manifestantes radicales que se sentaban delante del Parlamento y gritaban a los políticos.
-Que miedo... ¡Suerte que tenemos a un gran policía como tú para parar a esa panda de desalmados! El otro día vi en la tele que unos asquerosos habían secuestrado al hijo de un gran empresario, ¿es eso cierto?
-Desgraciadamente sí, y he sido encargado del caso. Llevo unos días bastantes ajetreados, pateándome la ciudad en busca de alguna pista. He interrogado a todos los socios del padre y revisado todas las cámaras de seguridad posibles. Lo peor es que tengo la sospecha de que se lo han llevado a las afueras...
-¡Dios mío! Y no tendrás que ir allí, ¿verdad?
-Me temo que no me queda otra, si no encuentro rápido al niño la familia denunciará a todo el departamento por ineptos.
-Bueno, pero ten muchísimo cuidado, no queremos que los habitantes del exterior te hagan daño...
-Tranquila mamá, que no me pasará nada, tendré refuerzos en todo momento. Y si me los encuentro les haré pagar lo que le hicieron a mamá.
La mujer se levantó de su asiento y se acercó a la estantería, donde se encontraba un marco holográfico que mostraba al policía de joven siendo abrazado por dos mujeres. La madre miró a la mujer de la derecha, y una tímida lágrima empezó a asomarse entre sus ojos. Rápidamente su hijo la abrazó y le prometió que tendría cuidado. Antes de poder asegurarle que todo iría bien, su mano derecha empezó a vibrar, y se la llevo a la oreja. Su compañera le avisó de que fuera rápidamente a la comisaría, pues tenían nueva información sobre el caso.

Unos pasos resonaron en el pasillo, y el niño se alejó hacia la pared. Tras un ruido metálico, se abrió la puerta, y apareció un hombre con un plato en la mano. El niño le miró a la cara, y vio que  no se trataba de su compañero, el cual estaba dispuesto a matarle. Empezó a chillar, moviendo las cadenas que lo aprisionaban a la cama.
-Me da igual que chilles, sabes tan bien como yo que aquí nadie va a salvarte. ¿Tienes hambre, Jim? Porque si quieres comer la sopa tendrás que darme tu guante.
-¡No! -el niño se apretó más todavía contra la pared, agitando el guante en el aire, esperando que el secuestrador se acobardara, temiendo sufrir el mismo destino que su compañero-.
Aquel guante era lo único que podría salvarle, con él su padre le encontraría, y conseguiría sacarle de aquella maldita cabaña. Por mucho que aquellos hombres le habían insistido que en la afueras no había comunicación posible con la ciudad, seguía manteniendo la esperanza.
-Venga va, si no me lo das a mí tendré que llamar a Kot, y estoy seguro de que no quieres eso. Mete tu código o lo que haga falta y dámelo.
Al ver que el chaval no se inmutaba, se dirigió a la puerta, pero rápidamente oyó teclear a sus espaldas, y una voz robótica anunció que se había desactivado el guante. El niño se acercó y se lo entregó. Era un modelo nuevo en forma de garra, basado en el personaje de algunos dibujos o algo por el estilo. Cuando lo habían secuestrado a la puerta de su colegio le habían conectado rápidamente un chip para que no se pudiera conectar a la red y avisar a nadie. Ahora tan solo le servía para hacer bonito y arañar, tal y como había hecho con Kot, que aún estaba en el piso de arriba limpiándose las heridas. Observó su propio guante, un simple modelo de color negro, formal y con el que podía pasar desapercibido. Aún no podía creerse que en ese pequeño trozo de tela cabían tantos circuitos, haciendo posible toda la relación con el mundo.  Con eso ya podrían reclamarle a su padre el rescate, o eso esperaban. Cerró la puerta, mientras oía al niño sorber su comida rápidamente, sin siquiera saborearla. 
De repente sonó un grito en el piso de arriba, y subió las escaleras corriendo. No le dio tiempo a ver su compañero muerto, alguien le cogió por la espalda y le rompió el cuello.

Al llegar a la comisaría, su compañera Férula le avisó de que acaban de encontrar la furgoneta de los secuestradores aparcada al lado de una cabaña a unos kilómetros al este de la ciudad. Según ella, el dron había podido enviar la localización a pesar de la mala cobertura, gracias a las ventajas de la policía, pero había sido abatido en el viaje de vuelta.
-Prepárate, Heracles, en 20 minutos salimos hacia allí.
Heracles Dubois cogió su arma de emergencias y se la colocó en la cadera, pues ya tenía la pistolera ocupada. Antes de subir al coche, se aseguró de conocer todo el reglamento sobre los salvajes. No había visto a ninguno aún, pero sabía lo peligrosos que eran. Hacía 13 años habían atrapado a su madre Gloria y la habían asesinado. La encontraron una semana más tarde en el límite de la ciudad, con una carta escrita con letra arcaica, que retaba a cualquiera a acercarse a la frontera, y sufriría el mismo final. Nadie sabía cómo era posible que Gloria hubiera salido de la ciudad. Los medios de comunicación supusieron que había sido a causa de la proximidad del periódico independiente en el que trabaja al límite. Algún salvaje la habría visto rondar su territorio y habría acabado con ella sin más miramientos. Típico de los salvajes.
Era por eso que había decidido hacerse policía, no quería que los crímenes como ese volvieran a cometerse.
Entró en el parking junto a su compañera y alzó la mano derecha. Acto seguido se oyó un pitido a unos metros de distancia. Subió y al tocar el volante el coche se elevó unos centímetros del suelo, a la espera de direcciones. Heracles dijo las coordenadas en voz alta y el coche salió impulsado hacia su destino. Una retahíla de coches policiales les siguieron, para asegurarse de que el chico estuviera sano y salvo.
En cuanto salieron de la ciudad empezaron a ponerse nerviosos, muy poca gente había entrado a las afueras y había conseguido salir con vida, según todos los medios de comunicación. Los arbustos muertos y la tierra yerma personificaban la desolación que había producido la guerra. Tras años de sangrientas batalla entre países cuyos nombres ya estaban siendo olvidados solo unas pocas ciudades habían sobrevivido a lo largo del globo. Poca comunicación había entre ellas a partir de entonces, creían que si no se relacionaban no habría motivo para volver a luchar, cosa que acabaría definitivamente con la raza humana, pronosticaban los científicos. Y así fue como se formaron las ciudades-estado, rodeadas de tierras baldías a las que huían aquellos en desacuerdo con el gobierno de su ciudad o que habían sido desterrados por diversos crímenes. Habían formado sus propios poblados, alejados de la civilización que los había repudiado, o de la que ellos repudiaban. En seguida empezaron a nacer niños que habían vivido toda su vida sin ninguna regla más allá de las de la vida salvaje, lo que los volvía peligrosos e inestables bajo los ojos de la gente civilizada. No era de extrañar que gente así cometiera crímenes atroces, ¿pero qué podían hacer? No podían traerles a la ciudad, porque podrían generar aún más caos del que provocaban viviendo allí. Matarles a todos no era una opción, era ese mismo crimen del que se estaban quejando. Así que los dejaron vivir en paz, pero pusieron guardias a lo largo del perímetro de la civilización. A veces incluso había gente que por su propio pie viajaba hasta el desierto para enseñar a aquellos salvajes, a educarles bajo las normas morales de la sociedad, aunque no se sabía de ninguno que hubiera vuelto a casa...
Pronto llegaron a la cabaña, y tras una ojeada rápida se dieron cuenta de que algo raro había pasado: había sangre por el suelo, y ni rastro del niño, pero en cambio la furgoneta seguía aparcada allí. Lo único que se veía eran unas huellas que se dirigían hacia el horizonte. Todos los agentes volvieron a sus vehículos, y siguieron las huellas hasta que el terreno se hizo tan irregular que tenían miedo de que levitaran unos coches contra los otros, teniendo un accidente y habiéndose de quedar allí hasta que viniera alguien a salvarles. Heracles alzó la vista y se dio cuenta de que tras unas dunas podía verse la silueta de un poblado, enmarcado por el sol que empezaba a esconderse.
Algunos policías se quedaron en los vehículos, avisando a sus superiores por radio, indicándoles donde se encontraban y la situación que tenían en manos. Los demás se dirigieron hacia el pueblo salvaje.
Aquel resquicio de civilización se encontraba más lejos de lo que esperaban, y no llegaron hasta que se había hecho completamente de noche. Con sigilo fueron entrando en el poblado, y vieron como un gran grupo estaban rodeando una hoguera. Aguzando la vista Férula pudo ver al niño, sentado en el regazo de una salvaje que parecía estar embarazada. El chico parecía estar escuchando a los miembros de esa tribu encandilado. La arena que flotaba por el ambiente hizo estornudar a uno de los agentes, lo que avisó a todos los habitantes de su presencia. En un abrir y cerrar de ojos los salvajes huyeron a sus casas, sin que les diera tiempo de amenazarles con la pistola. Los únicos que no pudieron huir fueron la mujer embarazada y el niño, porque no eran lo suficientemente rápidos. 
Todos apuntaron a la futura madre y le ordenaron que soltara al chico. Esta lo hizo de inmediato, y corrió hacia la cabaña más cercana, donde no se volvió a oír ningún ruido más. Heracles guardó su arma y se acercó lentamente hacia el niño.
-Tranquilo, Jim, hemos venido a rescatarte,
Extendió su mano, pero el chico se apartó de ella, y fue corriendo hacia la misma casa en la que había entrado la muchacha. El agente lo siguió y, amablemente, lo apartó de la puerta que no paraba de aporrear. Lo cogió en brazos a pesar de lo que pesaba y lo llevó hacia los demás agentes, mientras este se revolvía.
-No te preocupes, Jim, enseguida estarás en tu casa con tu familia, todo volverá a la normalidad. Estos salvajes son unos asesinos, ¡no puedes quedarte a vivir con ellos!
-¡Pero me han salvado! -exclamó el niño, al borde las lágrimas y la cara completamente roja-. Quiero quedarme con ellos, no me llevéis a casa, por favor.
-Lo siento, pero ese es nuestro trabajo.
Volvieron a sus vehículos, que estaban tal y como los habían dejado (nadie había venido en su ayuda), y regresaron a la ciudad. Durante todo el trayecto Jim no paró de patalear y quejarse de que quería volver. Nadie podía entender cómo prefería quedarse en medio de la nada con una panda de asesinos a sangre fría, que a la mínima de cambio lo habían abandonado.
Entregaron al niño a sus padres, que lo abrazaron y se lo llevaron a casa. A través de unas conversaciones que habían podido conseguir descubrieron que el culpable había sido el principal socio de la empresa del padre, y que tenía planeado utilizar el dinero para comprar la compañía al completo.
Llevaron a Jim al psicólogo, que acusó ese comportamiento a estrés post-traumático. Intentó escaparse un par de veces, pero después de que lo atraparan la segunda vez, se resignó y dejó de pelear. Volvió a ser un niño normal, que vivía entre los cuidados de los mayordomos y demás miembros del servicio de su casa.
Todo acabó de manera feliz, pero había algo raro dentro de Heracles, una idea. Seguía preguntándose cómo un niño que tenía todos los lujos del mundo odiaba esa vida de tal modo... ¿Había algo de malo en la sociedad? ¿O era solo un caso aislado?
Nunca lo sabría, así que él también se resignó y volvió a su vida de siempre. Disfrutó de su ascenso, invitó a su madre a cenar y dejó de pensar en el tema. Al fin y al cabo, si de verdad fuera importante, la televisión hubiera hablado de ello.

Guillermo Domínguez

2 comentarios:

  1. ¡Buenas!acabo de encontrar el blog y me parece bastante chulo y el relato me ha gustado muchísimo. Pero, te recomendaría que dejases cierto espacio entre párrafo y párrafo para hacerlo más "legible".
    ¡Un cyberabrazo!

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    Respuestas
    1. ¡Muchas gracias por todo! He puesto un interlineado mayor, a ver si de esta manera se puede leer mejor.
      ¡Un saludo!

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